Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas - Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) - Cátedra C - Profesor: Hector J. Zimerman

viernes, 12 de mayo de 2017

MATERIAL DE LA GUIA DE RELECTURA: UNIDAD VI

HISTORIA CONSTITUCIONAL. UNIDAD VI- GUIA DE RELECTURA.

LA OCUPACION NAPOLEONICA DE ESPAÑA.


         A principios de 1808, comenzó la ocupación militar por  parte de Francia,  de toda la Península Ibérica mediante la introducción de tropas que previamente habían sido acantonadas en los Pirineos. Se calcula en unos 90.000 hombres el conjunto total de fuerzas francesas que se hallaban en España a comienzos del mes de marzo. Lograron apoderarse de las ciudades de Figueras (Gerona), Montjuïc (Barcelona), San Sebastián y Pamplona. A los gobernadores se les dió instrucciones de recibir a las tropas con armonía, facilitándoles todos los medios de subsistencia, hospitalidad y transportes y cuantos auxilios pudieran pedir unos buenos aliados.
La llegada de los franceses no creó una enemistad general entre los españoles debido al desconocimiento de lo ocurrido no sólo por la dificultad de las comunicaciones, sino también por la escasísima libertad de prensa existente. Triunfó la interpretación optimista de los fernandistas que, según cuentan “los franceses venían a proteger al Príncipe de Asturias contra el de la Paz, castigando a este último por haber en 1806 tenido y declarado el intento de separarse de la amistad de Napoleón”.
En cambio, el parte de Pamplona que decía que los franceses habían penetrado por la frontera navarra, y el aviso de Cataluñacon la entrada de la primera columna francesa, originaron un momento de pánico en la corte que se encontraba en el  Real sitio de Aranjuez. Los reyes estaban asustados y Godoy no sabía que hacer al carecer de apoyo de cuatro de sus cinco ministros, que ya se inclinaban decididamente por el príncipe de Asturias. Esta situación fue in crescendo porque no se sabían con certeza y seguridad las intenciones de Napoleón que había tenido una especial habilidad en ocultar sus intenciones.
Ante esta situación, Godoy intentó convencer a Carlos IV de trasladar la corte a Badajoz y desde allí a Sevilla o Cádiz donde, en el caso de no poder mantener la guerra con los franceses, sería fácil, con la ayuda de Gran Bretaña, embarcarse para Mallorca o para México. El rey estaba dispuesto a trasladarse a cualquier lugar donde pudiera gozar de la libertad necesaria para dirigirse a la nación. En cambio, al viaje se opusieron el príncipe heredero, algunos miembros de la familia real y todo el partido fernandino.
 El motín de Aranjuez.
El 13 de marzo Godoy llegó a Aranjuez procedente de Madrid y se tomó la decisión de trasladar la corte a Sevilla el día 15, para lo que se avisó al mayordomo de palacio. De entrada, hicieron correr la voz de que había salido la orden de viaje de los reyes, creando en Aranjuez un clima de intranquilidad y disgusto. En Madrid, el conde de Montijo se encargó de unir en torno al príncipe de Asturias a todos los nobles y de lograr el beneplácito del Consejo de Castilla, el órgano político más importante y representativo de la monarquía borbónica.
En el Consejo de Ministros celebrado el día 14, el marqués de Caballero se negó a firmar cualquier resolución que supusiese la huida de la familia real, y por primera vez se enfrentó a Godoy. Ante este ejemplo, los demás ministros se crecieron y contaron al rey lo que habían callado durante más de quince años. El todopoderoso Godoy comenzó a desaparecer. Carlos IV, lleno de confusión, mandó, como era tradición, que se consultase al Consejo de Castilla.
Al día siguiente, el Consejo, que había sido ganado previamente por el conde de Montijo, adoptó una clara postura de oposición a Godoy, desaconsejando el viaje real.
Carlos IV dispuso que al momento fuese su hijo Fernando a tranquilizar al pueblo para que se pudiese conducir sin peligro de su vida al cuartel de guardias de corps, prometiéndole que el decreto dado el día anterior sería cumplido y que le haría partir lejos de la corte. El príncipe de Asturias logró calmar a la gente prometiendo que se le formaría y sustanciaría causa a Godoy, que acto seguido fue trasladado al cuartel de guardias de corps protegido por un escuadrón del mismo cuerpo; a pesar de esta protección, llegó según un relato de la épcoa, “con un ojo casi saltado de una pedrada, un muslo herido de un navajazo y los pies destrozados por los cascos de los caballos”.
A las siete de la noche del 19 de marzo, Carlos IV convocó a todos los ministros del Despacho y les leyó el decreto de la abdicación hacia el heredero, el príncipe de Asturias. La abdicación se concedió  a las once de la noche del mismo día y la noticia no cundió demasiado, debido a la intempestiva hora, hasta el día siguiente, que era domingo.
 La exaltación al trono.
El entusiasmo de la gente, que ya se había manifestado contra Godoy dos días antes quemando las casas de sus familiares y protegidos, creció sin límites mientras el retrato del nuevo rey era llevado por todas las calles hasta ser colocado en el Ayuntamiento. El júbilo en toda España fue enorme. En la mayoría de las ciudades y pueblos se arrastraba el busto o el retrato de Godoy por las calles, se echaban las campanas al vuelo y se acababa con un solemne tedúm en la catedral o en la iglesia mayor.
Fernando VII comenzó su reinado convertido en un ídolo y, como tal, se idolatraba sin juzgarle. Era, y así se llamaba, El Deseado. Fernando VII conservó de momento a los mismos ministros de su padre, pero en breve espacio de tiempo cambió a la mayoría de ellos.
Las primeras medidas que adoptó el nuevo rey junto con su gobierno tuvieron como finalidad conseguir el máximo apoyo tanto interior como exterior. La necesidad de contar con el apoyo externo, es decir, la protección y el reconocimiento de Napoleón Bonaparte, era evidente dado el prestigio y poder del emperador de los franceses. Intentó tranquilizar a los ciudadanos, mandando al Consejo de Castilla que procurase persuadir a la población de que las tropas francesas venían como amigos y con objetos útiles al rey y a la nación. Las fuerzas francesas en la Península Ibérica habían sido puestas bajo el mando del general Murat, príncipe soberano de Alemania con el título de gran duque de Berg y de Clèves y, lo que era más importante, cuñado de Napoleón Bonaparte.
La renuncia de Carlos IV y la elevación del Príncipe de Asturias, sorprendió a Murat  El embajador francés en la corte española recibió de Murat la orden de no reconocer diplomáticamente a Fernando VII hasta que no llegasen instrucciones concretas de Napoleón. Por otro lado, en Aranjuez el general Monthion extremó las amabilidades para con los reyes padres tratándoles como auténticos reyes en ejercicio. Murat pidió al general que volviera a Madrid con un documento donde Carlos IV se retractara. El 23 regresó el militar con el documento de Carlos IV: “Protesto y declaro que mi decreto de 19 de marzo, en el que he abdicado la Corona en favor de mi hijo, es un acto a que me he visto obligado para evitar mayores infortunios, y la efusión de sangre de mis amados vasallos, y por consiguiente debe ser considerado como nulo”.
Napoleón concibió al punto la idea de enfrentar a padre e hijo hasta que se destrozaran mutuamente, de suerte que actuando como árbitro quedase él, al fin, como único vencedor. Napoleón envió a Madrid al general René Savary con una doble finalidad: por un lado, debía valerse de todos los medios posibles para lograr que Fernando VII acudiera a Bayona a entrevistarse con el propio Napoleón, y, por otro, tenía que mostrar a Murat sus planes de sustitución de los Borbones por los Bonaparte, así como que enviara a Francia, escalonadamente y a cualquier precio, al resto de la familia real junto con Godoy.
A las 10 de la mañana del 10 de abril el rey, acompañado del ministro Cevallos, del duque de San Carlos, Juan Escoiquiz el conde de Villariezo y los marqueses de Ayerbe, de Guadalcázar y de Feria, emprendía viaje hacía Burgos con la esperanza de encontrarse con Napoleón.
A Fernando VII le convenía la entrevista en su propio territorio para que Bonaparte pudiera cerciorarse de la popularidad de su causa. Por todas partes se le aclamaba, seguía siendo para todos El Deseado, el derrocador del odioso valido y, cómo Napoleón, supuesto defensor de los derechos de los pueblos, iba a rechazar este argumento. Así cavilaba la camarilla del rey, dirigida por su antiguo preceptor, el canónigo Escoiquiz, que en el fondo aspiraba a ser un nuevo Godoy.
El viaje del rey fue un continuo triunfo.. Al no encontrar a Napoleón ni tener noticias de una posible aproximación, los consejos de Fernando VII debatieron la posibilidad de regresar a la corte, permanecer en Burgos o trasladarse hasta Vitoria. El 14 de abril llegó el monarca a Vitoria sin tampoco encontrar en esta ciudad a Napoleón, que excusaba su tardanza por sus múltiples ocupaciones.
En la noche del 18 de abril el rey decidió el viaje con la unánime aprobación de su Consejo después de oír a Savay, recién llegado de Francia, adonde se había trasladado para entregar a Napoleón una carta de queja de Fernando VII y de donde había vuelto con instrucciones para arrestar al rey si rehusaba ir a Francia para entrevistarse con el emperador, que se dejaba “cortar la cabeza si al cuarto de hora de haber llegado a Bayona no le ha reconocido el emperador por rey de España y de las Indias. Al cruzar el río Bidasoa el 20 de abril, Fernando VII entraba en territorio francés, dejando tras de sí un país gobernado por una Junta de Gobierno en Madrid. 
 Las abdicaciones de Bayona.
Cuando Fernando VII entró en Francia el 20 de abril no fue recibido por ninguna autoridad hasta que llegó a Bayona, donde fue alojado en un viejo caserón destartalado, el castillo de Marrac. Napoleón hizo ver a Fernando VII que había determinado “irrevocablemente” el destronamiento de los Borbones en España. La sorpresa y perpejlidad que cundieron en el rey y en su comitiva fue inmensa; de golpe se dieron cuenta de que se encontraban prisioneros e impotentes. Durante diez días, hasta que llegaron los reyes padres, Napoleón insistió una y otra vez sobre Fernando VII y sus consejeros en la necesidad de su renuncia como único medio de garantizar la paz de España. La resistencia del monarca, mantenida con decoro y sin ceder ni un ápice de terreno, obligó a Napoleón a cambiar de táctica: lograr el favor de los reyes padres.
Éstos llegaron a Bayona, y  Napoleón logró que el propio Carlos IV pidiera a Fernando VII la devolución de la Corona en una conferencia mantenida entre ellos y en la que se utilizaron expresiones tan duras como la petición de la reina María Luisa a Napoleón de que castigase la actuación de su hijo en un cadalso. Por carta fechada el 1 de mayo, Fernando VII ofrecía devolver la Corona siempre y cuando se hiciese formalmente en Madrid ante las Cortes de los Reinos o, al menos, ante una representación de todas las principales instituciones del país.
Las Juntas de Gobierno.
La Junta Suprema de Gobierno en Madrid estaba presidida por el tío de Fernando, el infante Antonio, e integrada por cinco ministros. Dicha Junta tenía como misión gobernar el reino en nombre de Fernando VII. Durante los veinticuatro días (del 10 de abril al 4 de mayo) en los que actuó de presidente el tío de Fernando VII, la Junta tuvo una doble finalidad: defender los derechos al trono de Fernando VII y conservar la buena armonía con los franceses.
Murat comunicó el 16 de abril a la Junta que tenía órdenes del emperador para no reconocer otro soberano que Carlos IV, ya que su abdicación había sido forzada y, por consiguiente, subsistía el derecho a reasumir la corona. Un día después, el propio Carlos IV, convenientemente aleccionado por Murat, comunicó a los miembros de la Junta la nulidad de su abdicación y su decisión de volver a tomar el poder.
Ante las contradicciones de los reyes españoles, Napoleón Bonaparte los reunió a la familia real en la ciudad francesa de Bayona, y obligó a Carlos IV y a su hijo Fernando VII a abdicar el trono a favor de su hermano José Bonaparte.
El patriotismo español se demostró más en el pueblo, ante el entreguismo pasivo del monarca, la nobleza, intelectuales y ejército. A partir del 2 de mayo de 1808 en toda la península, surgió una insurrección popular y mediante las guerrillas populares, impidieron la penetración del ejército francés en provincias como Zaragoza, Valencia, Gerona y otras, logrando debilitarlo. . El Emperador Bonaparte en persona tuvo que dirigir para derrotar a los españoles en en la Batalla de Somosierra (1808) e ingresar a la capital Madrid.
A consecuencia de esa invasión, se nombraron Juntas de Gobierno o Gubernativa de Regencia de los españoles monarquistas en Cádiz, Sevilla, etc....( ver recorte abajo )a nombre del rey Fernando preso, mientras en el trono fue nombrado José Bonaparte, hermano de Napoleón.

Las colonias americanas nombran sus propias Juntas de Gobierno que juran fidelidad al rey Fernando preso y repudian al frances Jose I; esas "Actas de Independencia" se firman a partir de 1808 y sirvieron de base para la Independencia de España.
LA SEMANA DE MAYO:
18 de Mayo. — El virrey Cisneros dio a publicidad un manifiesto en el que enteró al pueblo de las noticias llegadas de España, por los acontecimientos relatados precedentemente, recomendándole obediencia y orden.
El comandante de Patricios, coronel Cornelio Saavedra, que se hallaba en San Isidro, fue llamado urgentemente por su segundo Viamonte, e informado de las noticias. Saavedra, que no creía todavía llegado el momento de accionar, repuso: “Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no debe perderse una hora.”
Se dirigieron entonces a la casa de Nicolás Rodríguez Peña, donde se hallaban reunidas gran número de personas. Allí se decidió que Belgrano y Saavedra entrevistaran al alcalde de primer voto, Juan José Lezica, y que Castelli hablase al síndico procurador Julián Leiva, para lograr la celebración de un cabildo abierto.

19 de Mayo: — Se realizaron las diligencias, dispuestas el día anterior.

20 de Mayo. — Ante el pedido de cabildo abierto, el Virrey contestó diciendo que quería antes hablar con los jefes de tropas, y los citó para las 19 horas en la Fortaleza.
Allí Cisneros les preguntó si estaban dispuestos a sostener su autoridad. Contestó Saavedra, en nombre de los jefes de regimientos criollos, diciendo: “No cuente V. E. para eso ni conmigo ni con los Patricios. El gobierno que dio autoridad a V. E. para mandarnos ya no existe”.
Esa misma noche, a las 22, de una reunión en la que estaban los principales jefes del movimiento salió una delegación para exigir al virrey el cabildo abierto. Fueron los encargados Castelli, Rodríguez Peña y Terrada. Ante el requerimiento de Castelli. Cisneros reaccionó violentamente diciendo; “¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así la persona del rey en su representante?”. Pero la actitud de Rodríguez Peña fue aún más enérgica, al responderle que sus compañeros sólo les habían dado cinco minutos para cumplir la misión. Deliberó entonces el virrey con sus consejeros, y ya más sereno dijo: “…puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran”.

21 de Mayo. — El Cabildo pide autorización al virrey (cumpliendo con las fórmulas protocolares) para constituirse en cabildo abierto. Cisneros contestó afirmativamente. Fueron convocados al cabildo que se celebraría al día siguiente por invitaciones especiales, los vecinos más caracterizados de la ciudad.

22 de Mayo: — (Síntesis del Cabildo Abierto). 

TENDENCIAS

Española: Mantenimiento del virrey en el gobierno

Conciliadora: Mando interino del Cabildo hasta que se organizase un gobierno provisional pero dependiente de la máxima autoridad española

Criolla: Destitución del virrey y formación de un gobierno propio según dos tendencias. a) por votación popular y b) Por designación del Cabildo

Ideas desarrolladas:

El obispo Lúe, como español, dijo que mientras existiese un pedazo de tierra española libre, ese pedazo debía mandar a las Américas, y que mientras hubiera un solo español en ellas ese español debía gobernar a los criollos.

Juan José Castelli, criollo, instado por sus compañeros, habló rebatiendo los argumentos de Lúe, diciendo que América no dependía de España sino de su rey, a quien había jurado obediencia; de tal modo que si el rey no existía, no podía haber representantes de su autoridad en América.

El fiscal doctor Villota, con mucha habilidad, dio la razón a Castelli, pero observó que en ese Cabildo sólo había representantes de una ciudad del Virreinato, y por lo tanto no podían tomar ninguna resolución hasta que se reuniesen en un congreso general los diputados de todas las ciudades.

Inmediatamente habló el patriota Juan José Paso, argumentando que Buenos Aires podía actuar como hermana mayor de las demás, como “gestor oficioso”, es decir, como el pariente o amigo que en caso extremo resuelve en nombre de otro y después solícita su aprobación. Buenos Aires podía tomar una determinación y luego reunir a los representantes de todos los pueblos para deliberar.

Como las discusiones continuaran se decidió fijar una proposición que debía ser aceptada o rechazada. Debido al gran número de los presentes se terminó de votar casi a medianoche, por lo que, teniéndose en cuenta lo avanzado de la hora., y la larga jornada, se decidió realizar el escrutinio de la votación al día siguiente.

23 de Mayo. — Se reunió el Cabildo y después de realizado el escrutinio se supo que la mayoría había decidido: 1) la separación del virrey; 2) que el mando debía recaer provisionalmente en el Cabildo; 3) que éste debía constituir una Junta; y 4) convocar a un congreso que resolviese la forma definitiva de gobierno.

24 de Mayo. — El ¿atildo burlando la voluntad popular formó una Junta presidida por Cisneros y cuatro vocales: dos españoles, Sola e Inchaurreguy, y dos criollos: Castelli y Saavedra. Esta designación produjo una extraordinaria efervescencia popular. Se reunieron los principales criollos en la casa de Rodríguez Peña, Los cuerpos de milicias, acuartelados, fueron visitados por los jefes revolucionarios. En la calle, los jóvenes a quienes se llamó “chisperos” desplegaron gran actividad. Castelli y Saavedra presentaron a Cisneros sus renuncias y le intimaron a que hiciese lo propio. Cisneros accedió, obligado por las circunstancias accedió, obligado por las circunstancias, y juntamente con él renunciaron los otros vocales.

25 de Mayo. — Desde temprano se reunió el pueblo en la Plaza Mayor a esperar la resolución del Cabildo ante la renuncia de los miembros de la Junta. Se distinguieron los criollos por medio de lazos celestes y blancos distribuidos por los jóvenes Frenen y Berutti. El pueblo agolpado a las puertas del Cabildo presionaba a los regidores» a las voces dé “El pueblo quiere saber de lo que se trata”, imponían su voluntad los habitantes de Buenos Aires. Berutti hizo circular una lista compuesta la noche anterior con los nombres de los patriotas que, según las aspiraciones de todos, debían formar parte del gobierno y la hizo llegar a los cabildantes, firmada por gran cantidad de personas.

El Cabildo resolvió aceptar las exigencias del pueblo y el doctor Leiva (síndico), al salir al balcón y ver las pocas personas que estaban reunidas en la plaza —pues muchas se habían retirado debido al mal tiempo reinante— preguntó maliciosamente “dónde estaba el pueblo”. A esto se le contestó “que mandase tocar la campana del Cabildo para reunir a la gente, y que si no se hacía así por falta de badajo ellos harían tocar generala y abrirían los cuarteles; y verían ellos dónde estaba el pueblo, ya que la prudencia de éste nada valía”.

El 25 de mayo de 1810 -a poco de llegar a Buenos Aires la noticia de que Sevilla había caído en manos de las tropas de Napoleón- se constituyó en Buenos Aires el primer gobierno patrio. La Revolución de Mayo inició el proceso de surgimiento del Estado Argentino sin proclamación de la independencia formal, ya que la Primera Junta no reconocía la autoridad del Consejo de Regencia de España e Indias, pero aún gobernaba nominalmente en nombre del rey de España Fernando VII, quien había sido depuesto por las Abdicaciones de Bayona y su lugar ocupado por el francés José Bonaparte. Aun así, dicha manifestación de lealtad, conocida como la máscara de Fernando VII, es considerada una maniobra política que ocultaba las intenciones independentistas de los revolucionarios. La declaración de independencia de la Argentina tuvo lugar posteriormente durante el Congreso de Tucumán el 9 de julio de 1816.
Durante la mañana del 25 de mayo, una multitud comenzó a reunirse en la actual Plaza de Mayo, liderados por los milicianos de Domingo French y Antonio Beruti. Se reclamaba la anulación de la resolución del día anterior, la renuncia definitiva del virrey Cisneros y la formación de una Junta de gobierno. Ante las demoras en emitirse una resolución, la gente comenzó a agitarse, reclamando:
“¡El pueblo quiere saber de qué se trata!” La multitud invadió la sala capitular, reclamando la renuncia del virrey Cisneros. El Cabildo se reunió a las nueve de la mañana y reclamó que la agitación popular fuese reprimida por la fuerza. Para esto se convocó a los principales comandantes, pero éstos no obedecieron las órdenes impartidas. Varios, entre ellos Saavedra, no se presentaron; los que lo hicieron afirmaron que no sólo no podrían sostener al gobierno sino tampoco a sí mismos, y que en caso de intentar reprimir las manifestaciones serían desobedecidos.
Pero Cisneros seguía resistiéndose a renunciar, y tras mucho esfuerzo los capitulares lograron que ratificase y formalizace los términos de su renuncia, abandonando pretensiones de mantenerse en el gobierno. Esto, sin embargo, resultó insuficiente, y representantes de la multitud reunida en la plaza reclamaron que el pueblo reasumiera la autoridad delegada en el Cabildo Abierto del día 22, exigiendo la formación de una Junta. Además, se disponía el envío de una expedición de 500 hombres para auxiliar a las provincias interiores.
Pronto llegó a la sala capitular la renuncia de Cisneros, “prestándose á ello con la mayor generosidad y franqueza, resignado á mostrar el punto á que llega su consideración por la tranquilidad pública y precaución de mayores desórdenes”.30 La composición de la Primera Junta surge de un escrito presentado por French y Beruti y respaldado por un gran número de firmas. Los capitulares salieron al balcón para presentar directamente a la ratificación del pueblo la petición formulada. Pero, dado lo avanzada de la hora y el estado del tiempo, la cantidad de gente en la plaza había disminuido.

El reglamento que regiría a la Junta fue, a grandes rasgos, el mismo que se había propuesto para la Junta del 24, añadiendo que el Cabildo controlaría la actividad de los vocales y que la Junta nombraría reemplazantes en caso de producirse vacantes. La Primera Junta estaba compuesta de la siguiente manera:
Presidente
Cornelio Saavedra
Vocales
Manuel Alberti - Miguel de Azcuénaga - Manuel Belgrano - Juan José Castelli -Domingo Matheu –
Juan Larrea.

Secretarios
Juan José Paso – Mariano Moreno.

La Junta estaba conformada por representantes de diversos sectores de la sociedad: Saavedra y Azcuénaga eran militares, Belgrano, Castelli, Moreno y Paso eran abogados, Larrea y Matheu eran comerciantes, y Alberti era sacerdote.

Reglamento del 24 de mayo de 1810

En Actas Capitulares del Extinguido Cabildo de Buenos Aires, años 1810-1811

Lo primero: que continúe en el mando el Excmo. Señor Virrey D. Baltasar Hidalgo de Cisneros, asociado de los Señores el Dr. D. Juan Nepomuceno de Solá, cura Rector de la Parroquia de Nuestra Sra. de Monserrat de esta Ciudad, el Dr. D. Juan José Castelli abogado de la Real Audiencia Pretorial, D. Cornelio de Saavedra Comandante del Cuerpo de Patricios y D. José Santos de Inchaurregui de este vecindario y comercio, cuya Corporación o Junta ha de presidir el referido Señor Excelentísimo Virrey con voto en ella, conservando en lo demás su renta, y las altas prerrogativas de su Dignidad, mientras se erige la Junta General del Virreynato.

Lo segundo: Que los Sres. que forman la precedente corporación comparezcan sin pérdida de momento en esta Sala Capitular a prestar juramento de usar bien y fielmente su cargo, conservar la integridad de esta parte de los dominios de América a Nuestro Amado Soberano el Señor D. Fernando Séptimo, y sus legítimos sucesores y observar puntualmente las leyes del Reino.

Lo tercero: Que luego que los referidos señores presten el juramento sean reconocidos por depositarios de la autoridad Superior del Virreynato por todas las corporaciones de esta Capital y su Vecindario respetando y obedeciendo todas sus disposiciones bajo las penas que imponen Tas leyes a los contraventores; todo hasta la congregación de la Junta General del Virreynato.

Lo cuarto: Que faltando alguno de los referidos señores que han de componer la Junta de esta Capital por muerte, ausencia o enfermedad grave, se reserva este Cabildo nombrar ~ que habrá de integrarla.

Lo quinto: Que aunque se halla plenísimamente satisfecho de la honrosa conducta y buen procedimiento de los señores mencionados, sin embargo para satisfacción del pueblo, se reserva también estar muy a la mira de sus operaciones, y caso no esperado, que faltasen a sus deberes, proceder a la deposición, reasumiendo para este solo caso, la autoridad que le ha conferido el pueblo.

Lo sexto: Que los referidos señores inmediatamente después de recibidos en sus empleos, publiquen una general amnistía de todos los sucesos ocurridos el día veinte y dos en orden a opiniones sobre la estabilidad del Gobierno; y para mayor seguridad, este Excelentísimo Cabildo toma desde ahora bajo su protección a todos los vocales que han concurrido al Congreso General, ofreciendo que contra ninguno de ellos se procederá directa o indirectamente por sus opiniones cualesquiera que hayan sido.

Lo séptimo: Que con el mismo objeto de consultar la seguridad pública quedarán excluidos los referidos señores que componen la Junta Provisional, de ejercer el Poder Judiciario, el cual se refundirá en la Real Audiencia, a quien se pasarán todas las causas contenciosas que no sean del Gobierno.

Lo octavo: Que esta misma Junta ha de publicar todos los días primero del mes un estado en que se de razón de la administración de la Real Hacienda.

Lo nono: Que no pueda imponer pensiones, pechos, ni contribuciones, sin previa consulta de este Excelentísimo Cabildo.

Lo dédico: Que no se obedezca ninguna orden o providencia del Excelentísimo Señor Virrey. sin que vaya rubricada de todos los demás individuos que deben componer la Junta.

Lo undécimo: Que los referidos señores despachen sin pérdida de tiempo órdenes circulares a los jefes de lo interior y demás a quienes corresponda encargándoles y muy estrechamente y bajo responsabilidad, hagan que los respectivos Cabildos de cada uno, convoquen por medio de esquelas la parte principal y más sana del Vecindario, para que formado el Congreso de solos los que en aquella forma hubiesen sido llamados, elijan su representante, y estos hayan de reunirse a la mayor brevedad en esta Capital para establecer la forma de gobierno que se considere más conveniente.

Lo duodécimo: Que elegido así el representante de cada Ciudad o Villa, tanto los electores como los individuos capitulares le otorguen poder en publica forma, que deberán manifestar cuando concurran a esta Capital a fin de que se verifique su constancia, jurando en dicho poder no reconocer otro soberano que el Señor Don Fernando Séptimo, y sus legítimos sucesores, según el orden establecido por las leyes y estar subordinado al gobierno que legítimamente les represente.

Lo décimotercio: que cada uno de los Señores de la Junta tengan el tratamiento de Excelencia, reservándose a la prudencia de ella misma, la designación de los honores que se les hayan de hacer, y distinciones que deban usar.


Fuente: www.elhistoriador.com.ar