Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas - Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) - Cátedra C - Profesor: Hector J. Zimerman

lunes, 6 de marzo de 2017

MATERIAL DE LA GUIA DE RELECTURA: UNIDAD 2 (SEGUNDA PARTE)

HISTORIA CONSTITUCIONAL. UNIDAD II – SEGUNDA PARTE. GUIA DE RELECTURA.

LA GUERRA JUSTA Y EL REQUERIMIENTO.

En el año 1500 los monarcas se pronunciaron sobre la condición de los indios como vasallos libres pero continuó el principio de que los rebeldes podían ser sometidos por la guerra y los caribes esclavizados. Ovando realizó luego las grandes campañas militares de la Española contra todos los rebeldes e impuso el repartimiento de los indios como mano de obra de los españoles. Su ejemplo fue secundado en otras islas antillanas, sin que nadie pusiera objeción alguna. 

En 1511 se complicaron las cosas, pues el padre Montesino (portavoz de los dominicos de La Española) escandalizó a todo el mundo disertando desde el púlpito contra la explotación de los indios y poniendo, de camino, en tela de juicio la autoridad con que se les dominaba y hasta la guerra que se les hacía. A partir de entonces, los dos problemas del trabajo indígena y de la guerra a los naturales se afrontaron conjuntamente. Los Reyes volvieron a consultar nuevamente a teólogos y juristas que ratificaron la legitimidad de ambos, dándoles además una solución jurídica. 

El trabajo obligatorio del indio fue considerado justo y necesario, pero siempre que no supusiera su aniquilamiento, ni impidiera su evangelización. Bastaba por tanto reglamentarlo adecuadamente, cosa que empezó a hacerse en la Junta de Burgos de 1512, donde se dieron las primeras leyes en favor de los indios, que formaron en realidad una legislación laboral dirigida a mitigar la explotación indiscriminada de los naturales. Los naturales gozarían de días festivos, remuneración por el trabajo, buen tratamiento, adoctrinamiento, etc. Se complementaron luego con las Ordenanzas acordadas en la Junta de Valladolid el año 1513 y las de la Junta de Madrid de 1516. Naturalmente todas estas leyes no lograron evitar los abusos, sino únicamente castigar a los culpables que explotaban inmisericordemente a los indios... cuando eran denunciados (rara vez) y se comprobaban sus delitos (más raro aún). 

En cuanto a la cuestión de hacerles la guerra, se salvó mediante el llamado Requerimiento, que estrenó Pedrarias Dávila en 1513. Fue un documento de carácter ético jurídico en el cual se libraba a la real conciencia de responsabilidades, gracias al uso de la advertencia. Dando por sentado el hecho de que los españoles tenían derecho a ocupar las Indias, se interpretó que cuando los indios se oponían a ello era por dos posibles razones; por mala intención, en cuyo caso se les podía hacer la guerra justa sin el menor reparo, o por falta de información. Para solventar este último obstáculo, se decidió explicarles bien el derecho que asistía a los españoles. Se redactó un documento en el que se les ilustraba sobre el particular con toda clase de detalles. Debía leérseles cuando los españoles comprendiesen que los indios iban a lanzarse al ataque, que era considerado el momento oportuno.

El Requerimiento, que así se llamó, fue redactado por el famoso jurista Palacios Rubio, y explicaba que Dios hizo el cielo y la tierra y una pareja humana de la que todos venimos (tesis monogenista), y que dejó a San Pedro para que fuese superior del linaje humano. El descendiente de este San Pedro vivía en Roma y era el Papa, quien hizo donación de todas las Indias a los Reyes de Castilla en virtud de ciertas escrituras que, se decía, "podéis ver (estaban en latín) si quisiéredes" y que por tales señores habían sido recibidos por otros indígenas, permitiendo su adoctrinamiento. Se exhortaba luego a los indios a entender todo lo explicado, tomándose el tiempo necesario: "Por ende, como mejor puedo vos ruego y requiero que entendáis bien esto que os he dicho, y tenéis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo ...." Finalmente se les amenazaba con que si a pesar de todo no aceptaban la presencia española "certifícoos que con el ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y vos sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de sus Altezas, y tomaré vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé ...." A modo de colofón, se añadía que la culpa de todo lo que ocurriera sería de los indios, y no de los españoles: "y protesto que las muertes y daños que della se recrescieren sean de vuestra culpa, y no de Su Alteza, ni mía, ni déstos caballeros que conmigo vinieron". Como el Requerimiento había que leerlo necesariamente a unos indios no conquistados y cuando se disponían a defenderse de los invasores, lo normal es que no hubiera un intérprete capaz de traducir todo aquello, por lo que se recurría a uno de alguna lengua cercana, o se leía en castellano. El efecto era aproximadamente el mismo. Los indios, una vez repuestos de la sorpresa de haber escuchado aquella perorata ininteligible, y por lo regular antes de que concluyera su lectura, se lanzaban a combatir y con verdadera furia. Resultó así que el Requerimiento no solucionó nada, salvo librar de pecado a los invasores y a sus reyes, pero el formalismo se mantuvo durante décadas y fue compañero inseparable de la conquista. 

La solución pragmática de la Corona al escándalo promovido por la conquista y explotación del indio mediante la encomienda fueron las Leyes Nuevas, otorgadas el 20 de noviembre de 1542 en las que, entre otras muchas cosas, se suprimió el traspaso de encomiendas, se prohibió que ningún Virrey ni Gobernador hiciera nuevos descubrimientos, ni por mar, ni por tierra. Sólo los autorizarían las Audiencias y en caso de extrema necesidad, llevando un religioso, y teniendo prohibido tomar bienes de los indios o las personas de éstos. Unos años después, en 1549, el Consejo de Indias propuso al Rey la suspensión absoluta de todos los descubrimientos y las conquistas que estuvieran pendientes. En realidad ya se había conquistado casi toda la América hispana y el resto tenía escaso interés, por carecer de riquezas. En 1573, el jurista Juan de Obando propuso que en el futuro se sustituyese la palabra conquista, de tan malas resonancias, por la de pacificación; una solución muy española que consiste en cambiar de nombre a las cosas, pensando que con ello se resuelve algo. Las únicas pacificaciones importantes fueron las de Filipinas y Nuevo México, pues el resto estaba ya pacificado a sangre y fuego. 

Pese a todos los esfuerzos realizados, fue imposible parar a tiempo la conquista, que cumplió su ciclo de destrucción y barbarie. No caeremos nosotros en la trampa de justificarla con los argumentos tradicionales de necesidad de la evangelización o de incorporar los pueblos americanos a la cultura occidental, o de asegurar que era un proceso inexorable que habrían emprendido otros países europeos de no llevarlo a cabo los españoles, ni de decir que las conquistas se han seguido haciendo hasta nuestros días por otros pueblos prepotentes, pues todo esto no es más que la razón de la sinrazón. La conquista pudo haber sido diferente si se hubiera hecho en otra coyuntura histórica, pero es difícil aventurar si habría sido mejor o peor.

Requerimiento

De parte del rey, don Fernando, y de su hija, doña Juana, reina de Castilla y León, domadores de pueblos bárbaros, nosotros, sus siervos, os notificamos y os hacemos saber, como mejor podemos, que Dios nuestro Señor, uno y eterno, creó el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer, de quien nos y vosotros y todos los hombres del mundo fueron y son descendientes y procreados, y todos los que después de nosotros vinieran. Mas por la muchedumbre de la generación que de éstos ha salido desde hace cinco mil y hasta más años que el mundo fue creado, fue necesario que los unos hombres fuesen por una parte y otros por otra, y se dividiesen por muchos reinos y provincias, que en una sola no se podían sostener y conservar.

De todas estas gentes Dios nuestro Señor dio cargo a uno, que fue llamado san Pedro, para que de todos los hombres del mundo fuese señor y superior a quien todos obedeciesen, y fue cabeza de todo el linaje humano, dondequiera que los hombres viniesen en cualquier ley, secta o creencia; y diole todo el mundo por su Reino y jurisdicción, y como quiera que él mandó poner su silla en Roma, como en lugar más aparejado para regir el mundo, y juzgar y gobernar a todas las gentes, cristianos, moros, judíos, gentiles o de cualquier otra secta o creencia que fueren. A este llamaron Papa, porque quiere decir admirable, padre mayor y gobernador de todos los hombres.

A este san Pedro obedecieron y tomaron por señor, rey y superior del universo los que en aquel tiempo vivían, y así mismo han tenido a todos los otros que después de él fueron elegidos al pontificado, y así se ha continuado hasta ahora, y continuará hasta que el mundo se acabe.

Uno de los Pontífices pasados que en lugar de éste sucedió en aquella dignidad y silla que he dicho, como señor del mundo hizo donación de estas islas y tierra firme del mar Océano a los dichos Rey y Reina y sus sucesores en estos reinos, con todo lo que en ella hay, según se contiene en ciertas escrituras que sobre ello pasaron, según se ha dicho, que podréis ver si quisieseis.

Así que Sus Majestades son reyes y señores de estas islas y tierra firme por virtud de la dicha donación; y como a tales reyes y señores algunas islas más y casi todas a quien esto ha sido notificado, han recibido a Sus Majestades, y los han obedecido y servido y sirven como súbditos lo deben hacer, y con buena voluntad y sin ninguna resistencia y luego sin dilación, como fueron informados de los susodichos, obedecieron y recibieron los varones religiosos que Sus Altezas les enviaban para que les predicasen y enseñasen nuestra Santa Fe y todos ellos de su libre, agradable voluntad, sin premio ni condición alguna, se tornaron cristianos y lo son, y Sus Majestades los recibieron alegre y benignamente, y así los mandaron tratar como a los otros súbditos y vasallos; y vosotros sois tenidos y obligados a hacer lo mismo.

Por ende, como mejor podemos, os rogamos y requerimos que entendáis bien esto que os hemos dicho, y toméis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo, y reconozcáis a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo, y al Sumo Pontífice, llamado Papa, en su nombre, y al Rey y reina doña Juana, nuestros señores, en su lugar, como a superiores y reyes de esas islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación y consintáis y deis lugar que estos padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho.

Si así lo hicieseis, haréis bien, y aquello que sois tenidos y obligados, y Sus Altezas y nos en su nombre, os recibiremos con todo amor y caridad, y os dejaremos vuestras mujeres e hijos y haciendas libres y sin servidumbre, para que de ellas y de vosotros hagáis libremente lo que quisieseis y por bien tuvieseis, y no os compelerán a que os tornéis cristianos, salvo si vosotros informados de la verdad os quisieseis convertir a nuestra santa Fe Católica, como lo han hecho casi todos los vecinos de las otras islas, y allende de esto sus Majestades os concederán privilegios y exenciones, y os harán muchas mercedes.

Y si así no lo hicieseis o en ello maliciosamente pusieseis dilación, os certifico que con la ayuda de Dios nosotros entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas las partes y maneras que pudiéramos, y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia y de Sus Majestades, y tomaremos vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haremos esclavos, y como tales los venderemos y dispondremos de ellos como Sus Majestades mandaren, y os tomaremos vuestros bienes, y os haremos todos los males y daños que pudiéramos, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su señor y le resisten y contradicen; y protestamos que las muertes y daños que de ello se siguiesen sea a vuestra culpa y no de Sus Majestades, ni nuestra, ni de estos caballeros que con nosotros vienen.

Y de como lo decimos y requerimos pedimos al presente escribano que nos lo dé por testimonio signado, y a los presente rogamos que de ello sean testigos.